Si preguntamos donde hay que ir para ver volcanes activos la mayoría de la gente pensará en destinos remotos como Costa Rica, Guatemala, Hawai o Islandia. Sin embargo, si queremos tener la seguridad de ver actividad volcánica espectacular, con estallidos continuos de lava cada 15 minutos nos podemos quedar en el Mediterráneo. El Stromboli (924 m), en las islas Eolias, muy cerca de Sicilia y uno de los destinos del velero Onas para este verano, es nuestro volcán. De hecho en la lista de los volcanes más activos del mundo hay un cierto cuórum en poner en primer lugar el Kilauea, en Hawai, activo desde 1983 pero seguido de cerca por el Etna, en Sicilia, y el Stromboli. El de Hawai y el Siciliano están en constante actividad pero expulsan lava solo cada ciertos años. En cambio el Stromboli estalla regularmente cada pocos minutos desde hace miles de años, hasta el punto que el volcán de las islas Eolias ha dado nombre a un tipo característico de actividad volcánica: Stromboliana.

La del Stromboli no es la única actividad volcánica de las islas Eolias, ya que en muchas calas podremos disfrutar de aguas termales, observar burbujas sulfurosas saliendo del fondo del mar o contemplar las impresionantes fumarolas del cráter de la Isla de Vulcano. Pero los volcanes no son la única razón para visitar las islas Eolias, ni mucho menos.

Este archipiélago de 7 islas habitadas, Alicudi, Filicudi, Salina, Lipari, Vulcano, Panarea y Stromboli y varios islotes menores a unas veinte millas al norte de Sicília ha sido una escala habitual en los viajes del velero Onas. En las travesías hacia Grecia o Croacia, en el Mediterráneo Oriental es una recalada casi obligada y siempre tratamos de pasar unos días en las islas Eolias, disfrutar de los fondeaderos, conocer los pequeños pueblos y hacer alguna excursión antes de encarar el estrecho de Messina, un paso complicado donde intentamos no parar, ya que no hay fondeaderos protegidos y los puertos son precarios.

En las pequeñas y remotas Alicudi y Filicudi, dos conos volcánicos sobre el mar, a unas 15 millas al oeste del grupo principal, viven unos cientos de personas y llega poco turismo. A menudo hemos recalado a primerísima hora de la mañana de una larga travesía nocturna desde Palermo, la no menos remota Ustica o la lejana Cerdeña. En la calma mágica de las primeras luces del día intentamos tirar el hierro en las aguas absolutamente transparentes haciendo el mínimo ruido posible para no romper el perezoso despertar de la isla. En la mesa de la bañera, frente al pequeño pueblo de casas encaladas y al pie de la montaña hemos hecho algunos de los desayunos más placenteros. Si el tiempo lo permite, tratamos de pasar cerca de la Canna, una impresionante aguja de roca que surge de la profundidad del mar, muy cerca de Filicudi y ponemos rumbo al estrecho canal entre las islas de Lipari y Vulcano.

En Vulcano intentamos fondear siempre en el Porto di Ponente, una amplia cala con profundidades moderadas y fondo de arena, negra claro. Está bien protegido de vientos del NE al SW y es el mejor fondeadero de las islas Eolias. Si el tiempo está de poniente, mistral o tramontana necesitamos ir a fondear al Porto de Levante una gran cala más abierta donde hay muy poco lugar para tirar el ancla en profundidades inferiores a 30 m, mejor coger una boya o amarrar en los pantalanes flotantes e ir a bañarnos en la playa, disfrutar de los lodos sulfurosos o tomar una cerveza en el pequeño pueblo con la tranquilidad de tener el velero seguro. Por la tarde hay que subir al volcán (386 m), una corta pero intensa excursión premiada con la visión del gran cráter, las impresionantes fumarolas y la espectacular vista panorámica de todas las islas Eolias y el Etna (3323 m) en la costa de Sicilia.

Continuamos el viaje, hacia el norte hasta la próxima Lipari, la isla más grande y poblada del archipiélago. Hay que ir a hacer un baño en el norte del Capo Rosso en las aguas increíblemente transparentes sobre un fondo inmaculado de arena blanca al pie de las antiguas canteras de piedra pómez a cielo abierto que ya funcionaban en época de los romanos y que han sido una de las riquezas de la isla. Por la tarde volvemos a la Rada di Lipari donde podremos fondear precariamente, las profundidades son importantes, cerca de las murallas del pueblo, amarrar los pantalanes flotantes (cuidado! La bahía está totalmente abierta a levante y el movimiento es bestial debido al tráfico intenso) o entrar en el puerto de Pignataro, la opción más segura, pero a unos 20 minutos a pie del centro del pueblo.

Lipari, al pie de las murallas erigidas sucesivamente desde el neolítico por griegos, romanos, bizantinos, árabes, normandos, catalanes y borbones es la población más importante de las islas Eolias, un lugar que la tripulación del velero Onas amamos especialmente. Nos gusta pasear por las callejuelas estrechas entre Marina Lunga, donde amarran ferrys y hidrofoils y Marina Corta, el pequeño puerto medieval. Es también el mejor lugar para reabastecernos de fruta y verdura, comprar pescado fresco, hacer el lleno de carburante, probar los canoli o la cassatta en nuestra pastelería favorita y disfrutar del ambiente nocturno y los conciertos improvisados de Marina Corta. Hemos parado muchísimas veces pero todavía queda pendiente alquilar una moto y hacer una vuelta por el interior de la isla, seguro que vale la pena. Quizás este verano…

Un poco más al norte están las islas de Salina y Panarea. Salina fue una de las más pobladas en la antigüedad porque los volcanes de Lipari aún estaban activos. Hay un pequeño puerto con todos los servicios y un agradable pueblo al pie de los dos volcanes apagados con forma característicamente cónica que originó el nombre griego de la isla, Didyma, que significa gemelos. En estos montes, la Fosa delle Felci (961 m), la cumbre más alta de las Eolias y el Monte dei Porri (860 m) se pueden hacer algunas de las excursiones y travesías a pie más interesantes de las islas Eolias.

En la pequeña Panarea, la menos abrupta y geológicamente más antigua de todas las islas, hay un par de fondeaderos protegidos de norte y un campo de boyas cerca del pueblo. La isla se ha puesto de moda últimamente, convirtiéndose en la más mundana y noctámbula de las Eolias, porque algunos famosos han pasado las vacaciones en las villas suntuosas pero bien integradas en el paisaje, hay cuatro tiendas ridículamente caras y algunos locales nocturnos sofisticados con bastante ambiente. Lo que más me gusta de la isla es poder tomar un bianco, después de que se haya ido el último ferry, en el bar del puerto contemplando el imponente Stromboli al atardecer.

Después de un baño en las aguas claras de los arrecifes cercanos a Panarea zarpamos hacia el noreste, cruzándonos menudo con los sorprendentes hidrofoils, las embarcaciones rápidas sobre patines que hacen el transporte entre las islas. Navegamos las diez millas que nos separan de Stromboli, un cono humeante permanentemente que se eleva casi mil metros sobre el horizonte. Tratamos siempre de acercarse a la isla por el norte y poder pasar bajo la Sciara di fuoco, la impresionante pendiente de lava humeante que cae directamente de la cima al mar. Una vez hechas las fotos de rigor anclaremos al otro lado de la isla, donde está el pueblo, sobre la única mancha de arena con profundidades razonables o amarramos a las boyas cerca de la playa. ¡Cuidado! Con mal tiempo o vientos moderados de cualquier cuadrante Stromboli puede ser muy peligroso. Si el tiempo es bueno, bajamos a pasear por las empinadas callejuelas entre casas y paredes secas encaladas. Llamán la atención las sirenas y líneas amarillas pintadas en el suelo, sirven para señalar la evacuación de la isla en caso de actividad peligrosa del volcán… glups!

Aunque quizás costaría ponerlo en un mapa Stromboli tiene un lugar destacado en el imaginario colectivo. Jules Verne sitúa en la chimenea del volcán la vuelta a la superficie de los protagonistas de Viaje al fondo de la tierra y el filme de Roberto Rossellini Stromboli, tierra di Dio (1950) con Ingrid Bergman es una de las grandes obras del neorrealismo italiano en la que director y protagonista se enamoraron.

Vale la pena subir al volcán. Es una excursión larga, unas seis horas, con un fuerte desnivel, empezamos a caminar a nivel del mar y subimos hasta 924 m. Hay que llevar calzado adecuado para andar por montaña, mochila, cantimplora, frontal y ropa de abrigo. Iremos siempre acompañados por un guía vulcanólogo que nos guiará hasta la cima. A menudo hacemos la ascensión de noche, para evitar el calor y, sobre todo para disfrutar del espectáculo nocturno de las explosiones de lava de las bocas del volcán, a unos cientos de metros por debajo de la cima y que se elevan, incluso, por encima de nuestra posición. He subido muchas veces al Stromboli pero ha sido siempre una experiencia extraordinaria e inolvidable que intentaré repetir siempre que la meteorología y la logística de cada viaje me permitan ausentarme del velero Onas por unas horas. No te lo puedes perder.